Pero, ¿Qué pasa con quienes quieren perder esos kilos de más?
No existen dietas milagro. Y como se ha expuesto antes, lo que se gana rápido, se pierde rápido. En el caso del peso es a la inversa: los kilos perdidos muy rápidos se ganan muy rápidos. Y se añaden algunos más.
Si cuando fuimos pequeños no tuvimos esa “educación” a la hora de comer, no nos queda más remedio que “sufrir”. Aunque esto es relativo. Podemos disfrutar de una buena copa de vino pero sabemos que no debemos tomarnos la botella entera. Y menos hacerlo todos los días. . . . El resultado sería nefasto.
Debemos comer de todo, pero regulando. Algunos pensarán que comen de todo . . . Hoy patatas fritas con huevo frito, mañana fritura de pescado, pasado pimientos fritos . . . . Todo frito, ingesta de grasas todos los días, sin actividad física. . . . Todos sabemos cuál es el resultado.
El ser humano, en sus inicios, era un cazador, nómada. Su organismo se fue adaptando a un modo de vida en el cual debía acumular los excedentes para cuando hubiera deficiencias. Por ello su metabolismo evolucionó en este sentido, “guardando” todo aquello que sobraba para cuando no comía. La mejor forma de acumular energía es convirtiéndolas en grasa. Esta “herencia genética” llega hasta nuestros días.
Pero nuestros hábitos no son los mismos, somos sedentarios y ya no tenemos que cazar o recolectar para comer. Vamos a áreas comerciales o a la despensa o al frigorífico . . . . Y tenemos lo que deseamos. Pero nuestro organismo metabólico sigue siendo igual que en nuestros orígenes.
Para evitar la obesidad o esos “kilos de más” lo único que debemos hacer es comer bien y de un modo equilibrado. También en función a nuestra actividad física.
A todo esto también debemos sumar nuestra genética personal y hereditaria: hijo de padres, abuelos, bisabuelos. . . . Obesos. . . . Su tendencia será igual. Por tanto, su sacrificio mayor. Incluso de por vida. Y esto no todo el mundo está dispuesto a sufrirlo.
Las dietas “Milagro”
Nadie está dispuesto a romper un hábito de comodidad y “buen vivir” para introducirse en una dieta de “sacrificios” y “abstinencias” de por vida. Ni siquiera del esfuerzo físico.
Sin embargo el “culto al cuerpo” ha irrumpido en nuestra sociedad y es el estereotipo a seguir. Para conseguir un cuerpo diez (sinónimo de salud o al menos de gran carisma social) sería necesario mantener una dieta sana, equilibrada, acompañada de ejercicio físico. Todo esto requiere un esfuerzo y un sacrificio. Pero no todos están dispuestos a esto.
Es aquí donde aparece la “factoría de sueños”. Quienes tienen dinero o se lo pueden permitir, acuden a la cirugía estética: liposucciones, aumentos, disminuciones. Quito de aquí, pongo de allá. Rápido y fácil. Lo mejor: efectos inmediatos. Ya se empiezan a ver negligencias y resultados nefastos de aquellos que recurrieron a este método. Aunque bien es cierto que no todo es malo, sino su abuso y el intrusismo de falsos “profesionales”.
Otros eligen métodos más “naturales” y se dejan en manos de las dietas “milagro”. Existen de todo tipo, prácticamente existen revoluciones dietéticas cada diez – quince años, acercándonos la panacea y el maná prometido: “Come todo lo que quieras y cuanto quieras sin engordar” ¡Quién no se apuntaría a esto!
Pero volvamos a la cruda realidad. Nuestro organismo necesita diariamente un aporte nutritivo de todo: glúcidos, carbohidratos, lípidos, proteínas, vitaminas y minerales. En su justa proporción. O al menos, con reducciones de grasas insignificantes para que nuestro cuerpo se “acostumbre a vivir” con un menor aporte de lípidos. Pero sin llegar a entrar en la zona roja del mínimo. Muy pocas personas saben que las grasas son necesarias para la vida. De hecho se suelen acumular en órganos vitales sirviendo de “airbag” en muchas ocasiones. Equilibrio en su justa medida.
También hay que tener presente si la ingesta de grasas son “buenas” o “malas”. El aceite crudo (en ensalada) es muy beneficioso para la salud. Sin embargo, cada vez que lo sometemos a “un hervor” para freír, éste se degrada convirtiéndose en una grasa “mala”. Con esto no debemos descartar los fritos, sin abusar de este tipo de cocina, también es saludable. El problema surge cuando ¿cuántas veces usamos el mismo aceite para freír? En casa tenemos control sobre esto pero ¿y en la calle?, ¿con qué frecuencia lo cambian? A esto debemos sumar toda la bollería industrial a la cual se le añaden grasas (la más popular la lecitina de soja que en pequeñas porciones es bastante saludable, aunque no está probado que su ingesta regule el colesterol) para hacerlo más apetitoso. ¡¡ Nuestro organismo se pirra por las grasas!!
Por todos estos “placeres” es difícil realizar una dieta equilibrada y duradera en el tiempo. Requiere mucho sacrificio ante tanta tentación. Es por ello que muchas personas recurren a las dietas “milagro”. Resultados inmediatos en un corto periodo de tiempo. Pero, para esto, no es necesario recurrir a dietas milagrosas. Solo es necesario romper el equilibrio: eliminar grasas y carbohidratos de nuestra alimentación diaria. En poco tiempo veremos los resultados. Pero ¿Qué está ocurriendo en realidad? Estamos desajustando nuestro sistema metabólico, disparando alertas en el organismo.
Es cierto que cuando dejamos de consumir carbohidratos y lípidos, nuestro sistema metabólico recurre a las reservas. Pero también aprende a “fabricar” de otras sustancias lo que necesita y las deficiencias las suple de las reservas. Poco a poco esas reservas disminuyen y evidenciamos una pérdida de peso en un corto periodo de tiempo que anima al “paciente”. Pero ¿qué ocurre cuando llegamos al peso ideal y abandonamos la dieta? Pues que, el organismo ha pasado tanta “hambre”, el cambio ha sido tan brusco dejando en él “una memoria” ávida de almacenar por si vuelve a ocurrir. Es lo que se conoce como “efecto rebote”.
La mayoría de las dietas milagrosas reducen o eliminan por completo los carbohidratos, energía de nuestro “motor”, aumentando la ingesta de proteínas. Esto produce grandes desajustes en nuestro organismo siendo muy peligroso para la salud. Los primeros en notarlo son el hígado y los riñones.
Desde muchísimos años han ido apareciendo y desapareciendo paulatinamente este tipo de dietas. Desde la popular “antidieta” de Diamond , pasando por las del doctor Atkins, Montignac, Lagerfeld. . . . Y ahora la dieta Dukan está en el candelero. Aunque ya se aventura que sea relegada por la dieta Cohen.
Todas ellas esconden el mismo secreto: reducción en mayor o menor medida del consumo de carbohidratos y un aumento de proteínas. Es por esto que aconsejamos una dieta bien equilibrada y comiendo de todo en su justa medida. Y lo mejor . . . Dejarse asesorar por profesionales de la materia si esos kilos de más se convierten en algo preocupante.
Para no extender más este artículo, pero por si alguien desea informarse más, os dejamos estas noticias divulgadas en medios audiovisuales:
Dieta Dukan más peligros que milagros