Emociones y Nutrición


 

El cerebro humano es el órgano de nuestro cuerpo que más recursos energéticos consume en estado de reposo. Por eso la afirmación de que somos lo que comemos desde un punto de vista evolutivo no es solo una frase acertada, sino que a todas luces es una realidad evolutiva. La selección natural parece que ha premiado a nuestra especie por su eficacia y eficiencia.

 Nuestros antepasados vivían en un ambiente muy estresante, con restricciones alimentarias y medioambientales muy duras, pasaban mucho tiempo sin comer y en continua actividad, tanto en la búsqueda de nuevos nichos ecológicos favorables como en la recolección y caza necesarios para esa actividad.

 Evolucionaron genéticamente para que al momento de obtener recursos alimenticios se escogieran estratégicamente los nutrientes más concentrados en energía como son las grasas. De hecho, hay evidencias de la extracción del tuétano de los huesos de los animales que cazaban lo que demuestra que desde hace miles de años el ser humano sabe que las grasas se asocian a una disminución del estrés en nuestro cerebro.

 Está claramente demostrado que la alimentación, más bien, los nutrientes contenidos en los alimentos que ingerimos, influyen en nuestro sistema nervioso estimulando la producción de ciertas hormonas y también las emociones y procesos cognitivos, los cuales a su vez permitieron que nuestro cerebro fuese capaz de desarrollar funciones superiores que permitieron a nuestra especie adaptarse a mas entornos y colonizar hasta el último rincón de nuestro planeta alcanzando la cima evolutiva.

 Los ácidos grasos poliinsaturados omega-3 mejoran la inteligencia verbal, el aprendizaje y la memoria en edades escolares; también tienen un efecto protector frente a trastornos emocionales. Por otra parte, dietas ricas en ácidos grasos saturados y ácidos grasos trans (todo ello común en la llamada “comida basura”) entorpecen los procesos cognitivos en general y aumentan el riesgo de depresión mayor.

 La restricción de calorías en la dieta tiene por el contrario efectos beneficiosos sobre la cognición en general (esto podría ser una consecuencia de los ambientes restrictivos a los que nos referíamos anteriormente). La mayoría de todos estos efectos anteriores son a largo plazo, en términos de meses o años. Pero hay también otros efectos a corto plazo. Por ejemplo, en función de la cantidad de nutrientes se puede influir directamente en el rendimiento en tareas de memoria (por ejemplo: tareas de recordar listas de palabras).

 La cualidad de los sabores (positiva o negativa) de los alimentos es capaz de provocar emociones relativamente intensas –como ejemplo se suele poner el chocolate-, un factor que es relativamente independiente de los valores calóricos y nutricionales del alimento. La aversión que sienten algunos individuos por los sabores amargos seguramente es debido a que evolutivamente nuestro sistema sensorial aprendió que amargo era sinónimo de peligro en los alimentos. De esta manera, las emociones que pueden provocar los alimentos podrían a su vez influir de diversas maneras en los procesos cognitivos ya que se ha visto que las emociones positivas: mejoran la creatividad, la flexibilidad mental (ser capaz de ver más puntos de vista), pero empeoran los procesos de planificación y funciones ejecutivas (de control sobre la conducta y el pensamiento).

 Hace tiempo que se sabe que la dulzura y cremosidad de determinados alimentos, y también su contenido en triptófano, un aminoácido precursor de algunos neurotransmisores, mitiga los efectos del estrés a través de la mediación de los opiáceos endógenos o endorfinas, la insulina, la dopamina y la serotonina, entre otras. Estas emociones pueden ser positivas pero también negativas como ya hemos comentado.

 Y a su vez, nuestro estado emocional condiciona claramente la elección de los alimentos que ingerimos, y no sólo la calidad sino también la cantidad. Se ha establecido claramente como la experiencia con un alimento placentero puede provocar una fuerte respuesta emocional de deseo o ansia por determinado tipo de comida, o el rechazo hacia ella, que en el peor de los casos puede desembocar, junto a otros factores, en un trastorno de la conducta alimentaria.

Puede que sea reducir mucho la cuestión, pero sabemos que la obesidad es un trastorno de la conducta alimentaria con causa multifactorial, entre ellos el desajuste entre lo que ingerimos y lo que gastamos, y se ha demostrado que los estados de ánimo, nuestras emociones, son uno de esos factores, tanto las positivas como las negativas, rompiendo el equilibrio entre lo emocional y la ingesta de alimentos.

 Muchas veces hemos oído que comemos por placer. Comer no es un hecho meramente fisiológico cuya única finalidad es cubrir los requerimientos nutricionales y asegurar la homeostasis del individuo. Aunque no somos la única especie que se reúne para comer, si somos la única especie que lo hacemos como parte de una conducta social y cultural. La conducta alimentaria forma parte del conjunto de factores sociales, culturales, psicológicos, religiosos, económicos y geográficos que integran un determinado grupo social. Actualmente se están realizando estudios que pretenden ver los efectos de una comida en los procesos cognitivos, pero no por sus valores nutricionales o calóricos, ni por su sabor, sino por la circunstancia de que se comiera en un restaurante y en compañía, frente a la situación de comer solo y en un despacho. Dos tipos de situaciones muy cotidianas. Los datos de dichos estudios están aún sin publicar, pero los resultados son realmente sorprendentes y está claro que se abren mil horizontes respecto a consejos y recomendaciones que se pueden hacer para muchas facetas de la vida cotidiana, personal y profesional.

 Manuel Martín Loeches (responsable de la Sección de Neurociencia Cognitiva del Centro Mixto UCM-ISCIII de Evolución y Comportamientos Humanos, profesor titular de Psicobiología, Universidad Complutense de Madrid) y Alfonso Perote (director de Proyectos del Instituto Tomás Pascual Sanz para la nutrición y la salud, Fundación Tomás Pascual y Pilar Gómez-Cuétara)

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