Encarnación Cabrerizo


Pocas personas pueden decir que no la conocen, pues no conocer a “encarnita” es no vivir en el judo andaluz. Probablemente en el territorio nacional ocurra lo mismo: difícil que alguien no la conozca.
Tras muchos años dedicada a este deporte, la RFEJYDA a tenido a bien reconocerla y recompensarla con el 7º Dan de judo. Es todo un elogio y un mérito pues pocos yudocas andaluces (hombres) ostentan este grado. No más de cuatro. A este selecto “club” se ha unido la primera mujer: Encarnación Cabrerizo.
Hoy dedicamos el espacio de este club a tan singular mujer y, para ello, hemos recurrido a un artículo aparecido en un periódico sevillano pues, consideramos, explica muy bien la trayectoria deportiva de nuestra querida “Encarnita”:

Pionera dentro y fuera del tatami

Encarnación Cabrerizo, primera sevillana y andaluza en conseguir el cinturón 7º Dan, lleva más de 30 años vinculada a la docencia de un deporte que le apasiona como el primer día.

Encarnación Cabrerizo tenía 12 años cuando asistió a una exhibición de judo en el Teatro Lope de Vega. Cautivada por su “belleza y espectacularidad”, supo que aquel debía ser su deporte. No sería un camino fácil de recorrer, pues le tocó ser pionera en lo bueno y en lo malo, abrir muchas puertas y derribar algún que otro prejuicio que, por su condición de mujer y la época que le tocó vivir, pretendía mermar su ilusión y entrega. Pero Encarnación supo hacer oídos sordos a las palabras necias y se concentró en demostrar su valía sobre el tatami. Ahora, con 56 años, repasa su trayectoria con una inquebrantable sonrisa en el rostro, asegurando que le “es imposible destacar un solo momento, ya que todos los días han sido especiales. Ver cómo evolucionan los niños a los que enseño y que al hacerse mayores me traigan a sus hijos es lo más gratificante”.
Antes de cumplir los 16, Cabrerizo se sacó su primera titulación como monitor-instructor de judo. Más tarde, empezó a ayudar al maestro Miguel Real y con 22 años se sacó el cinturón 1º Dan. Hace unas semanas consiguió el 7º Dan, convirtiéndose en la primera sevillana y andaluza en alcanzar dicho rango. También posee las titulaciones de maestro-entrenador en las especialidades de Jiu Jitsu, Kata y, más recientemente, Defensa Personal de la Mujer y Operativa.
La judoca fue campeona de Sevilla siete años consecutivos (de 1976 a 1982) y la ganadora del certamen de Andalucía en 1980. A nivel nacional, se alzó con el tercer puesto en dos ocasiones (1975 y 1980). De todos esos logros sólo guarda el recuerdo, pues por aquel entonces no se hacía entrega de ninguna medalla o diploma. La única presea que pudo colgarse fue el oro en un Open disputado en 1981.
Con 27 años, la sevillana dijo adiós al mundo de la competición por desavenencias con los criterios arbitrales: “Vi que no eran totalmente imparciales, que tiraban para uno o para otro. Eso no me gustaba, así que lo dejé y me centré en la enseñanza”, una labor que le reconfortó desde el primer momento en que se vio en el tatami, rodeada tanto de niños como de adultos, y comenzó a transmitirles sus conocimientos.
Lleva 33 años dando clases en el Centro Docente María y 30 en el San Francisco de Paula. Además, dirige la escuela Asahi-Kan, anexa al San Francisco de Paula y que también abre por las tardes para dar cabida a todo aquel que quiera adentrarse en este deporte o bien perfeccionar su técnica. Imparte una media de siete u ocho clases diarias, tiempo al que hay que sumar sus obligaciones al frente de distintos cargos federativos: responsable y entrenadora de Kata y Defensa Personal, delegada provincial de Sevilla y directora técnica de la Federación de Judo y Deportes Asociados. Una entrega sin descanso. Un ritmo agotador. “¿El secreto para no perder la energía? Que esto me gusta mucho”.
En cuanto a los valores positivos que puede inculcar su deporte, la protagonista de esta historia lo tiene claro: “El judo es muy completo porque se trabaja tanto el cuerpo como la mente”. Es una modalidad basada en la disciplina y el respeto que se profesan los contrincantes. “Los psicólogos de la zona me conocen y recomiendan a padres con hijos hiperactivos o con problemas de coordinación que vengan a mis clases”, explica.
Desde el principio, Cabrerizo se acostumbró a entrenar con hombres. “No fue fácil. Fui la primera en todo: como maestro, como árbitro, compitiendo y en la Federación. Me tocó aguantar a los hombres y ellos también me tuvieron que aguantar a mí. Al verme crecer a su lado aprendieron a respetarme”, recuerda. Más duro fue su debut como árbitro nacional en 1988: “Tuve que escuchar comentarios del tipo ‘tu sitio está en la cocina’ o ‘el arbitraje no es para mujeres’. Eran otros tiempos. Hacía como la que no escuchaba para no venirme abajo. Menos mal que ya no tengo que oír cosas así”.
Décadas de vivencias y logros. Pionera, veterana y apasionada como el primer día. “Si pudiera volver a elegir, elegiría este camino sin dudarlo”, concluye Encarnación Cabrerizo.

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